El club también se gana caminando

El club también se gana caminando

Hay caminos que uno empieza con ganas y termina con las piernas pesadas. Este es uno de esos. El sol no pide permiso — pega de una, sin sombra que lo pare, y desde el primer tramo uno ya sabe: hoy no hay pa' quejarse, solo pa' seguir.

Los cerros no son verdes como uno se los imagina. Son secos, de esos que crujen bajo las botas, con las ramas peladas y un camino angosto que parece que nadie más ha pasado por ahí. Y aun así, ahí hay una vaina bonita, bien bonita, en lo árido, en lo crudo, en lo que no se disfraza. Porque eso también es la costa — no solo la postal de palmera y atardecer, sino esto: tierra seca, sudor y ganas.

La sal se le mete a uno por todo lado. En la piel quemada, arde, eso sí que arde. Pero uno lo agradece, porque es la prueba de que el cuerpo está echo pa' eso y el camino se está ganando de verdad.

Ahí uno aprende rapidito a cargar poco. Todo pesa cuando el sol pega: la mochila, la ropa, cámaras, hasta las ganas de hablar. Uno va aprendiendo a cargar con lo esencial — lo que no sirve se queda. Lo único que sí o sí hay que llevar es agua. Lo demás es puro peso de más. Y así es la vida también, ¿no? Uno va aprendiendo qué cargar y qué dejar.

Se camina en silenció, casi todo el tiempo. No porque falten ganas, sino porque el paisaje impone su propio ritmo y a ese hay que seguirle el paso. El mar aparece y se esconde entre los cerros como recordándole a uno siempre que ahí está, esperando al final del camino. Que la playa no se va a ir a ningún lado. Que uno tiene que llegar por sus propios medios.

Y después de tanta tierra seca y tanto sol sin piedad, aparece un techo, una sombrita, un lugar pa' sentarse un rato. No es gran cosa. Pero después de tanto andar, con eso basta y sobra — ahí sí que aplica eso de hamaca, brisa y más na'.

Porque así es esta vaina: aquí no hay atajos. El Club de la Playa no tiene membresía, ya lo hemos dicho — pero sí tiene una cuota que uno paga con las piernas, con la sal, con el sudor pegado en la espalda. Nadie te regala nada. Te toca ganártela.

Y ahí está el truco: lo que más cuesta es lo que mejor se siente cuando por fin se llega. Todo muy bonito, sí — pero primero, hay que sudarlo.

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